Al plantear este trabajo, en un principio pensé en enfocarlo de tal manera que en la valoración final pudiera discernir con claridad el hecho comúnmente aceptado de que las Ciencias y Técnicas Historiográficas que aquí se tratan son claramente ciencias independientes, a diferencia de la Archivística; no obstante, al ir completando cada una de las páginas de que se compone, a raíz del estudio de la historia de cada una de las disciplinas que se verán a continuación, cada vez me resultaba más complicado separar la Paleografía de la Diplomática y, en cambio, me parecía cada vez menos lógico considerar a la Archivística como una ciencia dependiente de las demás. Por este motivo (y para no contrariar a figuras tan ilustres como Tallafigo, ni ofender a grandes maestros a cuyas clases tuve la ocasión de asistir, como es el caso Juan Carlos Galende), finalmente (aunque no sin algún que otro resquemor interno) decidí limitarme a realizar un estudio comparado de Paleografía, Diplomática y Archivística, destinado principalmente a que sea el lector quien decida por sí mismo lo que planteo en esta introducción, esperando sinceramente que lo disfrute.
Definición e Historia
La Paleografía
El término Paleografía (del griego, παλαιός, «antiguo», «viejo», y «γράφειν», es decir, «escritura»), hace referencia al estudio de las escrituras antiguas, en todos los siglos y naciones, en cualquier tipo de materia. Dicho estudio se realiza con el fin de adquirir los conocimientos necesarios para su lectura e interpretación (lo que se denomina «Paleografía elemental»), y también con el objetivo de poder distinguir los caracteres gráficos que dichas escrituras poseen, con el fin de poder juzgar la autenticidad de las mismas («Paleografía crítica»)1.
Surge como disciplina, en el seno de la Diplomática2, a finales del siglo XVII. El primer erudito en emplear el término Paleografía fue el monje benedictino Bernardo de Montfaucon (1655 – 1741), en su obra Paleographia graeca sive de orbitu et processu litterarum graecarum, publicada en París en el año 1768. No obstante, se considera que su nacimiento se debe a la obra de Jean Mabillon (1632 – 1707), titulada De re diplomática libri sex (París, 1681), escrita en respuesta a unos escritos de otro monje jesuita, Daniel von Papenbroeck (1628 – 1714), el cual participó en la publicación del Acta Santorum, hagiografía que vio la luz en el 1685, con el objetivo de discernir qué Santos debían entrar en la historia de la Iglesia Católica y cuáles no, señalando como falsos una serie de documentos de época merovingia que se encontraban resguardados en la abadía benedictina de Saint-Denis, a la que pertenecía Mabillon. Debido a ello, en su obra, este último incluyó una metodología para el estudio de los documentos que fueron acusados de falsedad por Papenbroeck3, tan meticulosa y acertada, que este monje jesuita tuvo que verse obligado a retractarse tras su publicación, a través de una misiva que escribió desde Amberes, en el año 1683.
La obra de Mabillon supuso un hito en la historia de la Paleografía, sin embargo, ésta no llegó a separarse de la Diplomática4, como instrumento auxiliar de la misma, hasta bien entrada la Edad Contemporánea, y siguió durante mucho tiempo una trayectoria lineal, que consistía básicamente en una clasificación de escrituras, hasta que, ya en el siglo XIX, como consecuencia del surgimiento de las distintas «Escuelas Nacionales», como la llamada École de Chartres5, y diversas instituciones de investigación, como la Societas aperiendis fontibus rerum germanicarum6, durante un momento de expansión de las ideas del Romanticismo y de afán de las distintas regiones europeas de recuperar su Historia, con motivo de poder autoafirmarse como naciones propiamente definidas. Éstas instituciones resultaron ser de vital importancia para el desarrollo del carácter científico y académico de la Paleografía, debido a la difusión documental que propiciaron y a los instrumentos que se generaron en su seno para facilitar un adecuado estudio de la Historia7.
El apogeo del historicismo que tuvo lugar con la aparición de las Escuelas Nacionales durante el siglo XIX sirvió como caldo de cultivo para el desarrollo de nuevas formas de plantear el análisis de la Historia durante el siglo XX. En el campo de la Paleografía, si bien hasta este momento los distintos expertos en la materia se limitaban a la lectura de los textos (lo que se denomina «Paleografía de lectura») y a la clasificación de escrituras según tipos gráficos, datación y localización («Paleografía de análisis»), estas nuevas formas de vislumbrar la Historia contribuyeron al hecho de que, por primera vez, además de plantearse qué está escrito, cómo, cuándo y dónde, se comienza a tener en cuenta quién lo escribió y por qué, lo que da lugar al nacimiento de la «Historia Social de la escritura»8, con lo que se empieza a considerar a la Paleografía como una ciencia estrictamente definida. El primer autor9 en contribuir a este hecho fue Ludwing Traube (1861 – 1907), quien en su trabajo de doctorado, titulado Varia libamenta critica (1883), pone a la Paleografía en relación con la Historia de la Cultura. Posteriormente, cabe destacar también la figura de su alumno Luigi Schiaparelli (1871 – 1893), quien realizó notables aportaciones a la Paleografía, relacionadas con la importancia de las tendencias gráficas en la evolución de la escritura, el desarrollo espontáneo e intrínseco de las formas gráficas, la idea de la escritura como hecho global, etc.10
No obstante, el momento de mayor esplendor de la Paleografía viene determinado por la publicación de una serie de trabajos dirigidos por Jean Mallon11, máximo exponente de la nueva escuela franco-belga y autor de la obra Paleographie romaine (Madrid, 1952), a raíz de la cual se considera a la Paleografía como una ciencia autónoma, independiente ya de otras ciencias, como la Historia o la Diplomática. Las conclusiones extraídas de la obra de Mallon son hoy día aceptadas por la mayoría de los paleógrafos; sin embargo, dicha obra no profundiza en el estudio de la escritura como fenómeno cultural y humano. Debido a ello, tras la figura de este destacable investigador, cabe mencionar también a dos autores que ayudaron a completar todos los aspectos que podía abarcar la Paleografía y que ya se han podido ir apreciando12; en primer lugar, Heinrich von Fichtenau (1912 – 2000), con su obra Mench und Schift im Mittelalder (Viena, 1946) y, por otro lado, Giorgio Cencetti (1908 – 1970)13, con su obra Lineamenti di storia de la scrittura latina (Bolonia, 1954).
Por último, cabe también señalar, como culminación a este periodo de renovación de la ciencia paleográfica, la creación del Comité Internacional de Paleografía, fundado en París en el año 1953, que ha dado pie a numerosos congresos internacionales; y la aparición de publicaciones periódicas, entre las que destacan Paleographia latina o Scriptorium, entre muchas otras.
La Diplomática
Por su parte, la Diplomática se trata de una voz que deriva de la palabra griega δίπλωμα («diploma», «doblado, plegado en dos partes»); durante la Antigüedad Clásica aludía a un objeto escrito que se caracterizaba por constar de dos partes que se doblaban sobre sí mismas, con el fin de proteger el texto que contenían, por su carácter personal e intransferible. Durante la Edad Media, esta palabra se empleó también para referirse a cierto tipo de documentos similares a los diplomas antiguos; aunque sin tener en cuenta el hecho de que estuvieran o no doblados. Con el Humanismo, el vocablo diploma se utilizó para significar piezas documentales procedentes de las altas autoridades civiles y eclesiásticas, como papas, reyes y emperadores, en primer lugar, y posteriormente se extendió su alcance a cualquier tipo de documento con carácter solemne (tanto en su forma interna, como externa). Esta última forma de concebir la palabra diploma fue aceptada por juristas e historiadores de los siglos XVI y XVII; aunque posteriormente, con la aparición de figuras como Mabillon y los comienzos de la Diplomática como ciencia, se considera poco adecuada, extendiéndose su uso a un espectro aún más amplio, hasta el punto de que, a día de hoy, se considera a la Diplomática como la ciencia de los documentos14, cuyo fin principal es el empleo de un aparato crítico (o «método diplomático») con el que poder obtener un mejor aprovechamiento y explotación de dichos documentos en tanto en cuanto fuentes históricas escritas15.
Sus orígenes se remontan ya a la época de autores como Tucídides (460 a. C. – ¿390 a. C.?) o Flavio Josefo (37-38 – 101), quienes ya en sus respectivas obras, Historia del Peloponeso y Antigüedades judaicas, extrajeron diversas noticias y testimonios de determinada documentación de carácter histórico para su realización. Durante la Edad Media, el recurso por parte de los historiadores a extraer datos históricos del contenido de los diplomas también fue bastante frecuente y lo encontramos en el caso de escritores como Paulo Orosio (383 – 420) en su Historiae Adversus Paganos16 o Paulo Diácono (720 – 800), en su Historia gentis Langobardorum17. Sin embargo, pese al uso de fuentes históricas, resultaba muy común que los distintos autores eludieran el análisis crítico de las mismas18. Dicho análisis, por el contrario, sí podía encontrarse en el ámbito de lo jurídico, donde eran requeridas ciertas formalidades para admitir la legalidad y veracidad de los documentos jurídico-prácticos.
Pese a ello, habría que esperar a la persona del papa Inocencio III (1198 – 1216) para poder apreciar una primera sistematización de la crítica documental, ya que fue él el primero en establecer una serie de pautas a tener en cuenta para juzgar la autenticidad de la documentación procedente de la cancillería apostólica19, surgidas como consecuencia de la presentación de una falsa bula al cabildo de la Catedral de Milán, con el fin de solicitar la adjudicación de un beneficio eclesiástico. El ejemplo de Inocencio III se extendió posteriormente al resto de cancillerías europeas, transcendiendo del ámbito puramente eclesiástico a partir del XIII20. Otro momento de impulso de la crítica diplomática se da con el Humanismo italiano, siendo considerados sus representantes como los primeros en proyectar dicha crítica, en tanto en cuanto a su valor histórico, así como jurídico21. Destacan, de este periodo de desarrollo de la Diplomática, la figura de Petrarca (1304 – 1364), por un lado, conocido por sus críticas sobre la veracidad de una serie de documentos atribuidos a los emperadores romanos César y Nerón, y sobre todo, la de Lorenzo Valla (1406-1407 – 1457), quien en el año 1440 realizó un exhaustivo análisis de la llamada Donación de Constantino al papa Silvestre, fundamento jurídico e histórico de los Estados Pontificios, demostrando su falsedad. A dicho impulso contribuyó también la aparición de la imprenta de tipos móviles en Europa, de la mano de Johannes Guttemberg (ca. 1398 – 1468), hacia el año 1440, gracias a la difusión textual y documental que propició22. Sin embargo, la proliferación de textos y documentos de diversa temática durante mucho tiempo fue vista como un auténtico problema por parte de las autoridades regias, ya que propiciaba la expansión de ideas que escapaban de lo que durante el Antiguo Régimen se tenía por correcto, lo que llevó a éstas a intentar hacer lo posible por controlar la producción escrita, para evitar con ello desviaciones que pudieran hacer mella en la rígida mentalidad colectiva del momento23.
Durante el siglo XVI, las autoridades eclesiásticas, por su parte, también vieron con malos ojos el proceso de difusión documental que se viene comentando, como consecuencia de la propagación de las teorías emanadas de la Reforma luterana24. No obstante, dicha propagación supuso un avance en el campo de la Diplomática, debido al hecho de que, tanto protestantes como católicos, mostraron en este momento un mayor interés por el estudio y análisis de las fuentes documentales religiosas, con motivo de poder defender mejor sus distintas posturas. La polémica entre defensores del protestantismo y del catolicismo que ello generó se observa en la publicación de la Eclessiastica historia de los llamados Centuriadores de Magdeburgo25 entre los años 1560 y 1574, y su réplica por parte del cardenal Baronio (1538 – 1606) con sus Annales ecclesiastici, que vieron la luz entre los años 1578 y 158326. También en el siglo XVI y parte del XVII se produce, en el ámbito de lo jurídico, un fenómeno conocido con el nombre de bella diplomatica27 o «guerras de documentos», caracterizado por el recurso a las fuentes por parte de juristas, eclesiásticos, políticos, etc., con motivo de defender o atacar distintos derechos que poseían algunas personas o instituciones; sobre todo en Alemania, a raíz de las disputas surgidas tras la Paz de Westfalia, en materia de soberanía, justificación de territorios, etc.
Asimismo, en el siglo XVII, tiene su origen la consideración de la Diplomática como ciencia, como consecuencia del enfrentamiento entre jesuitas y benedictinos (ya mencionado en el apartado de Paleografía), a raíz del nacimiento de la «Sociedad de los bollandos», fundada por el padre Juan Bolland (1596 – 1665) y de la publicación del Acta Sanctorum, en la que participó, como ya se ha podido apreciar, la figura de Papenbroeck, el cual aportó un método con el que poder diferenciar documentación falsa, en su Propylaeum antiquarium circa veri ac falsi discrimen in vetustis membranis, basado en el análisis interno y externo de los documentos, tan sumamente crítico, que llegó a acusar de falsos a todos los documentos de época merovingia, provocando con ello la reacción de Mabillon en su obra De re diplomática libri sex, considerada como el primer tratado científico de esta disciplina, dedicando el primer libro a la materia, concepto y las clases de documentos (In quo veterum Inftrumentorum antiquitas, materia, et scripturae explicantur)28; el segundo, al estilo y distintas fórmulas diplomáticas (Cuius argumentum est diplomatum aiIus, subscriptiones, sigilla, et notae chronological)29; el tercero, a refutar las teorías de Papenbroeck (In quo quaedam adversariorum objesta diluuntur: tum Noticiarum et Chartariorum expenditur auctoritas)30; el cuarto, a realizar un estudio de las distintas procedencias de los documentos (Ubi agitur de Francorum Regum palatiis, villisque regiis in quibus Diplomata condita sunt)31; el quinto, a su escritura, a través de una gran cantidad de ejemplos que simulan documentos de distintas épocas y alfabetos que ayudan a su lectura (In quo exhibentur explicanturque Specimina veterum scripturarum)32, y en el sexto, a transcribir y comentar una enorme colección de diplomas (Complectens varia diplomata et instrumenta ad praecedentium librorum probationem)33. Todo ello acompañado de índices y apéndices que hacen de ella un instrumento imprescindible y primordial tanto para la Diplomática, como para la Paleografía, como se ha venido observando.
El siglo XVIII se caracteriza por la difusión de las teorías expuestas en la obra de Mabillon, que calaron hondamente en la mente de los diplomatistas europeos de esta época, sin producirse durante mucho tiempo, como en el caso de la Paleografía, avances significativos. Destaca en este momento la obra de los monjes benedictinos Toustain (1700 – 1754) y Tassin (1697 – 1777), titulada Nouveau Traité de Diplomatique y publicada en París entre los años 1750 y 1765, en la cual ambos autores se propusieron completar la obra de Mabillon, planteando una serie de pautas de cronología para datar los documentos de manera efectiva y desarrollando la distinción clásica entre los caracteres internos y externos de los mismos34.
En el siglo XIX, debido al historicismo emanado de procesos que tuvieron lugar en esta época, como la Revolución Francesa, el Romanticismo y el nacimiento de los distintos movimientos nacionales, se produce un aumento del interés histórico del documento, en detrimento de su interés jurídico, lo cual ayudó en gran medida al desarrollo de la Diplomática, dándose origen a un proceso de especialización que repercutiría en la renovación del método diplomático. En este sentido destacan las figuras de Theodor von Sickel (1827 – 1908), a quien se le considera el padre de la Diplomática moderna, a raíz de la publicación de obras como Berträige zur Diplomatik (Viena, 1861) o su Acta regum et imperatorum Karolinorum, digesta et enarrata, publicada en Viena en el año 1866, y Julius von Ficker (1826 – 1902), con su obra principal, Beiträge zur Urkundenlehre, publicada en Innsbruck en el año 1877, en la que realiza un exhaustivo estudio de las fases fundamentales del documento: la actio y la conscriptio (o Handlung y Beurkundung, en palabras del propio autor). También cabe mencionar, al igual que pudo verse en el apartado de Paleografía, la creación de la Escuela de Chartres35 de París; la aparición de distintas sociedades e instituciones de carácter científico, como la ya mencionada Sociedad para el estudio de la antigua historia alemana, que dio origen a los Monumenta Germaniae Historica36, y la aparición de nuevos tratados de Diplomática, como el de Harry Bresslau (1848 – 1926), titulado Handbuch der Urkundenlehre für Deutschland und Italien (Leipzig, 1889), o el Manual de Diplomatique, publicado en París en el año 1883 por Arthur Giry (1848 – 1899).
Durante el siglo XX, mientras que la primera mitad se caracterizó por un continuismo con respecto al siglo anterior, marcado por el desarrollo de las teorías de Sickel y Ficker; así como de otros investigadores como Heinrich Brünner (1840 – 1915)37 o Luigi Schiaparelli (del que ya se habló al tratar el punto de Paleografía)38; en la segunda, en cambio, nos encontramos ante un nuevo momento de revisión de la ciencia diplomática, en cuanto a su naturaleza, método y fines que esta debía perseguir, donde nos encontramos con figuras como Heinrich von Fitchtenau (1912 – 2000)39, Armando Petrucci o Giulio Battelli (1904 – 2005). Revisión que, por otro lado, vino también de la mano de la creación, dentro de la Asociación Internacional de Ciencias Históricas, de la Comisión Internacional de Diplomática, en el año 196840.
La Archivística
Según el Diccionario de Terminología Archivística de la Subdirección de Archivos Estatales (Madrid, 1995), podemos definir a la Archivística como la «Disciplina que trata de los aspectos teóricos y prácticos (tipología, organización, funcionamiento, planificación, etc.) de los archivos y el tratamiento de sus fondos documentales».
Aunque los archivos existen prácticamente desde los comienzos de la escritura, los distintos expertos en la materia sostienen que, como disciplina científica, surge en el siglo XIX; según la mayoría de ellos41, a raíz de la publicación de la obra Handleiding voor het ordenen en beschrijven van archieven (es decir, Manual de clasificación y descripción de archivos), de los archiveros Samuel Muller, J. A. Freith y Robert Fruin, en el año 1898 (traducida posteriormente en el año 1940 por Arthur J. Leavitt con el nombre de Manual for the arrangement and description of archives), a cargo de la Asociación de Archiveros Holandeses42.
Sin embargo, puesto que la necesidad de organizar dichos archivos es mucho anterior a la obra de los archiveros mencionados, debemos remontar el estudio de esta disciplina a un periodo anterior de «desarrollo prearchivístico», caracterizado por la indefinición en los presupuestos en el tratamiento de los fondos documentales43. Dicho periodo comienza, como consecuencia de esta necesidad organizativa, en la propia Antigüedad; aunque los conocimientos que se poseen para este periodo de la Historia en referencia a cómo se llevaba a cabo la clasificación y la ordenación de los fondos de los distintos archivos que se crearon durante el mismo resulta bastante limitado, debido a que, durante mucho tiempo, los investigadores que se dedicaron a su estudio mostraron siempre una mayor preocupación en recuperar los textos de que se componían, que de reconstruir su organización44.
En la Edad Antigua nos encontramos ante los llamados «Archivos de Palacio», según la división que realizó Henri Bautier (1922 – 2010) de la Historia de los Archivos por edades, en el año 196145. Surgieron en Siria y Mesopotamia, conociéndose, por ejemplo, el edificio de los archivos reales Ugarit, compuesto por tres depósitos, cada uno de los cuales recogía un tipo de documentación diferente (de carácter diplomático, financiero y administrativo)46. La producción documental de las distintas civilizaciones que surgieron en Asia Menor se basaba principalmente en tablillas de barro, cocidas o secas, en gran cantidad, cuyo contenido era básicamente de gestión. Del Antiguo Egipto se conserva documentación escrita en papiro, mucho más abundante que en el caso de Mesopotamia. Cabe destacar que, tanto en el caso de Asia Menor como en el de Egipto, dicha documentación servía como arma de los burócratas que se encontraban al servicio de los gobernantes, ya fuera como forma de control de la producción47, como para otras formas de control social. Debido a ello, los archivos en los que los documentos eran almacenados normalmente se encontraban custodiados por una serie de figuras cercanas al poder. De Ugarit, por ejemplo, existen referencias sobre un personaje conocido como Uternu, alto funcionario de dicho reino; en el Imperio Persa, se tiene constancia de la figura de los hamarakara, y en Egipto, la función de custodiar los archivos dependía directamente de la persona del visir48.
Pese a todo, el archivo como institución con identidad propia tiene su origen con los inicios de la Antigüedad Clásica, en concreto en Grecia, con el nombre de archeion, a cuyo cargo estaban los hiromnémones49 y los epistates50, y en Roma, con el nombre de tabularium, al frente del cual se encontraban los censores y los pretores51. No obstante, existen diferencias entre ambos modelos de archivos, relacionadas, por un lado, con el acceso a los mismos (público en el caso de Grecia y limitado a ciertos funcionarios en el caso romano), y por otro, relacionadas también con la existencia en Roma de una red centralizada de dichos archivos (como consecuencia de su modelo de Estado, igualmente centralizado), que no se dio en el mundo griego (por la división del modelo griego en distintas polis o «ciudades estado»)52.
Continuando con la división realizada por Bautier, tras la caída del Imperio Romano y el comienzo de la Edad Media nos encontramos ante una nueva etapa dentro del periodo de desarrollo prearchivístico, en la que este autor denomina a los archivos como «Tesoros de cartas»53. Esta etapa se encuentra caracterizada, en sus inicios, por una progresiva disminución de la producción documental como consecuencia de las invasiones germánicas y la paulatina sustitución del Derecho romano, basado en el valor probatorio de los documentos, por el germánico, fundamentado principalmente en la tradición oral. Otro factor que influyó notablemente en este declive documental fue el descenso del nivel cultural, a raíz de la decadencia del mundo urbano y el comienzo de un proceso de ruralización que influyó notablemente en el deterioro de la enseñanza y el mantenimiento de la escritura54.
Durante este periodo, en cuanto a la situación archivística, resulta destacable el hecho de que, debido en gran medida a la imposición de la regla benedictina, a la hora de organizar los archivos, los límites entre el mundo bibliotecario y el archivístico no se encontraban bien definidos, por lo que se empleaban métodos similares para la utilización y conservación tanto de libros como de documentos de archivo, hasta tal punto que durante mucho tiempo estos últimos fueron escritos en formato códice. Además, el único resquicio de la tradición administrativa romana lo constituyó la cancillería pontificia, que denotaba unos usos archivísticos desfasados. Por último, cabe señalar que apenas se conoce nada con respecto a la organización de los archivos reales, debido principalmente al carácter itinerante de las distintas cortes; aunque sí se conoce la existencia de diversos thesauri, en los que, a parte de almacenarse el erario real, se conservaban también distintos documentos de gran importancia para los monarcas55.
Esta situación de decadencia en materia de documentos cambió radicalmente a partir del siglo XII a raíz de la recuperación del Derecho romano y del valor probatorio del acto documentado como fundamento jurídico y político, lo que repercutió en el desarrollo archivístico, debido a la preocupación por conservar dichos documentos, lo que dio origen, entre otras cosas, a nuevas tipologías de agrupaciones documentales, como los libros registro56 y los cartularios57, y a la reaparición y reforzamiento de los archivos como depósitos de las mismas58.
La caída del sistema feudal y el fortalecimiento de las monarquías absolutistas da origen a un nuevo periodo de la Historia conocido como el Antiguo Régimen. Durante este periodo, también conocido como Edad Moderna, surge un nuevo modelo de archivos (a los que Bautier denomina «Arsenales de la autoridad»59): el modelo de los «Archivos del Estado». Se trata de una concepción de los archivos como fuente de poder como consecuencia de la conciencia que adquieren los gobernantes de su importancia para el gobierno y la administración60. Si en la etapa anterior la documentación que se conservaba era empleada como medio de justificación de ciertos derechos, privilegios y posesiones que pertenecían a los integrantes de la nobleza y el clero, principalmente, a raíz de los procesos de recuperación y centralización del poder por parte de las distintas monarquías, los archivos se convirtieron en fuentes jurídicas que evidenciaban y reforzaban dicho poder.
Durante este periodo de la historia se crean nuevos archivos y modelos de organización de los mismos en función de esta nueva mentalidad. El caso de España resulta significativo, ya que fue pionera en este sentido, con los Reyes Católicos, quienes ordenaron, en el año 1489, la concentración de sus archivos en la Chancillería de Valladolid. Años más tarde, Carlos V ordenaría además transferir toda la documentación del reino de Castilla a Simancas, tarea que no culminaría hasta el reinado de su hijo, Felipe II, y la promulgación del Reglamento para el Gobierno del Archivo de Simancas, en el año 1588. El modelo español de archivos se extendió posteriormente por toda Europa, creándose en Italia, por ejemplo, los archivos de Florencia, Siena y los Archivos Vaticanos, en el año 1610, o el State Paper Office en Inglaterra en 1619; produciéndose además una nueva oleada de concentración y reagrupamiento de los mismos en el siglo XVIII, con figuras como Pedro I el Grande, quien mandó construir dos archivos centrales para todo su imperio, estableciendo en ellos, además, por primera vez en la historia, un sistema de transferencias periódicas; siendo el acceso a todos ellos restringido y estando custodiados por altos dignatarios, debido a los deseos de control de la documentación por parte de las distintas monarquías.
Pese a la consideración de los documentos como fuente de justificación jurídica del poder, a partir del siglo XV va aumentando también paulatinamente la consideración del documento escrito como fuente de conocimiento para la Historia; aunque se vio notablemente afectada por el carácter exclusivo de los archivos en cuanto a su acceso, por un lado, y por otra parte, por la inexistencia de una metodología adecuada en materia archivística, debido a la influencia ejercida por el mundo bibliotecario, que conllevó la organización de la mayoría de los fondos europeos a través de criterios sistemáticos (de materias), lo que provocó la desnaturalización de los mismos61. Aunque el proceso de apertura de archivos no tendría lugar en Europa hasta la caída del Antiguo Régimen, tras los procesos revolucionarios que tuvieron lugar tras la Revolución Francesa y el surgimiento de los llamados «Archivos Nacionales», sí que se produjo, en cambio, un proceso de renovación de la práctica archivística, con la aparición de una serie de autores cuyas obras proporcionaron nuevas formas de concebir el tratamiento de la documentación, entre los que encontramos a Jacob von Rammingen (1510 – 1582) y su Von der registratur un jren gebäwen und regimenten62, publicado en el año 1571; a Heildelberg y su Summariches Bericht was es mit einer Künslichen und volkommenen Registratur fur eine Gestalt (1571); a la figura de Baldassarre Bonifacio (1585 – 1659), con su obra De archivis liber singularis, publicada en Venecia en el año 1632; a Nicolò Giussani y su Methodus archiviorum, seu modus eaden textendi ac disponendi (Milán, 1632)63; Albertino Barisone (1587 – 1667) y su Commentarius de Archivis antiquorum, publicado entre los años 1619 y 1636; Albert Frisch (Tractatus de jure archivi et cancellariae, Jena, 1664); Pierre Camille Lemoine y su Dipomátique pratique, publicada en Metz en 1765; B. De Bonvoulou (L’archiviste françois, París, 1775), o Georg August Brachmann y su Über Archive, deren Natur und Eigenschaften, Einrichtung uns Benutzung […], publicada en el año 1801.
Tras la caída del Antiguo Régimen entramos, por tanto, en una nueva etapa de la Historia, conocida con el nombre de Edad Contemporánea, y también una nueva etapa en la concepción del mundo de los archivos (para los que Bautier emplea ahora el concepto de «Laboratorios de la historia»64), conocido con el nombre de «periodo de desarrollo archivístico», caracterizado por la apertura de los mismos en pro de los intereses (culturales y de investigación) de los ciudadanos65, pasando a componer ahora lo que se viene denominando como «Archivos de la Nación», que surgen de la necesidad de concentrar los fondos documentales de las instituciones desaparecidas66. El primer ejemplo de archivo nacional apareció tras la Revolución de 1790, y su modelo se expandió al resto de ciudades europeas como Bucarest (1831) o Bélgica (1836), en muy poco tiempo.
Junto con la apertura de los distintos archivos nacionales surge la necesidad de creación de un sistema global de organización de los fondos de que se componían. En este sentido, debido a la gran renovación historiográfica que tuvo lugar en el siglo XIX (y que se viene comentando en puntos anteriores), con el surgimiento de numerosas escuelas de formación como la Escuela de Chartres o el Instituto para el Estudio de la Historia Austriaca, y de la promulgación de las ideas del Romanticismo, entre otras cosas, la Archivística experimenta un proceso de evolución enormemente destacado. Esta evolución viene determinada por el nacimiento de nuevas innovaciones de orden práctico y teórico, destacando sobremanera la enunciación de los principios de procedencia y de respeto a la estructura interna de los fondos, por parte de Natalis de Wailly (1805 – 1886), contenidos en la Circular de 24 de abril de 1841, firmada por el ministro Duchatel, y que constituyeron la base para el desarrollo científico de la Archivística67.
A partir de los aportes de Natalis de Wailly el desarrollo de esta disciplina siguió un avance imparable, extendiéndose sus principios por toda Europa, viéndose además ampliados, como se observa en la publicación de obras como la de Heinrich von Sybel (1817 – 1895) con el nombre de Regulativ für die ordnungsarbeiten im geheimen Staatsarchiv (Berlín, 1881), en la que se expone el registratuprinzip, o el manual de los archiveros holandeses Muller, Feith y Fruin, del que ya se ha tratado con anterioridad68. Durante el siglo XX esta tendencia continúa, a través de la consolidación de las teorías elaboradas en el siglo anterior y con la aparición de nuevas y numerosas aportaciones, como consecuencia del desarrollo de una conciencia social de uso de los archivos y el nacimiento de una corriente historiográfica de corte aún más científico emanada de los postulados de la llamada Escuela de los Anales, que impulsó un mayor empleo del uso de los archivos por parte de los investigadores69. Sin embargo, todos estos avances en el campo de la Archivística estuvieron durante mucho tiempo ligados, casi en exclusiva, al ámbito de los archivos históricos, sin tener en cuenta muchas veces la producción documental que se generaba en el ámbito de las administraciones. No obstante, a raíz del incremento de las actividades administrativas en Estados con una industrialización fuertemente arraigada, con un modelo de sociedad complejo y un enorme volumen de actividades que necesitan ser documentadas, comienza a emerger una vertiente cada vez más interesada en la gestión científica de los archivos de la Administración, destinada al control de la documentación generada durante el transcurso de las actividades de dicha Administración, a través de lo que se viene denominando como records management, como se observa en el caso de los Estados Unidos, donde en el año 1934 se crean los National Archives, con motivo de dar solución a estas necesidades70.
Otro momento de avance de la Archivística se produce también al finalizar la II Guerra Mundial, tras la cual se ve reforzada la idea de Democracia como modelo de organización social, lo que lleva a los distintos Estados democráticos a plantearse la apertura al público en general, lo que contribuyó a una mayor percepción social de los expertos en Archivística, que se manifestó en una aceleración del proceso de especialización, que a su vez quedó reflejada en la creación de nuevas y diversas asociaciones de archiveros y una producción en materia de archivos cada vez más amplia y profusa, destacando en esta nueva etapa figuras como la de Theodor Roosevelt Schellenberg (1903 – 1970), con su obra Modern Archives (1958), en la que analiza cuestiones tan importantes como la clasificación, la ordenación y el expurgo, convirtiéndose en un referente para la Archivística moderna; Aurelio Tanodi y su Manual de archivología hispanoamericana (1961), o Elio Lodolini, con su obra Archivistica. Principi e problemi, entre muchos otros. Este momento de esplendor de la Archivística culminó además con la creación del Consejo Internacional de Archivos en el año 1948, gracias al cual esta ciencia pudo trascender de lo nacional a lo mundial71.
Relación entre las Ciencias y Técnicas Historiográficas y la Archivística: el concepto de documento
Teniendo en cuenta las definiciones aportadas sobre las disciplinas de las que se trata en este trabajo, puede apreciarse que el principal elemento de unión entre las Ciencias y Técnicas Historiográficas (en concreto de la Diplomática) y la Archivística es precisamente el documento; sin embargo, ¿es el documento objeto de estudio de la Diplomática el mismo documento que estudia la Archivística? A continuación se presentan una serie de definiciones que ayudarán a responder a esta cuestión.
Son muchas y muy variadas, en función de su valor histórico y probatorio. Etimológicamente la palabra documento procede del vocablo latino documentum, sustantivación de docere, es decir, «enseñar». Atendiendo a dicha etimología, el Diccionario de autoridades (Madrid, 1732) lo definió como la «doctrina o enseñanza con que se procura instruir a alguno en cualquier materia, y principalmente se toma por el aviso u consejo que se le da, para que no incurra en algún yerro u defecto».
Atendiendo a su valor histórico72, valor que se le ha conferido a partir del siglo XIX a raíz de los postulados de la escuela histórica positivista, nos encontramos con la definición que proporcionó el Diccionario del uso español de María Moliner (Madrid, 1973): «testimonio escrito de épocas pasadas que sirve para reconstruir su historia» y «escrito que sirve para justificar o acreditar algo». Una definición parecida aporta la R.A.E.: «diploma, carta, relación u otro escrito que ilustra acerca de algún hecho, principalmente de los históricos» y «escrito en que constan datos fidedignos o susceptibles de ser empleados como tales para probar algo.»
Se debe tener en cuenta que el documento consta siempre de un soporte material en el cual se plasman los signos gráficos, de manera que estos resulten perceptibles73. Y también que existe una distinción entre documento público y documento privado, siendo el público «el que procede de una autoridad pública y en forma pública ya tratando asuntos de derecho general, ya refiriéndose a particulares personas y lugares», y el privado «el que se refiere a asuntos de derecho privado y está escrito no por mano de cualquiera, sino de un notario o escriba»74. Además, nos encontramos también con el documento jurídico: «cualquier testimonio escrito legalmente válido, destinado a ser prueba de un hecho»75. Y el documento notarial: «la configuración escrita (scriptura: conscriptio), y como tal formalmente determinada, de una actuación jurídicamente relevante (negotium: actio)».
En cuanto a nomenclatura, existen distintos nombres que se han empleado como sinónimos o sustitutos del documento en general, como diploma, actum, instrumentum, scriptura, pagina, charta, littera, epistola, preceptum, privilegium, mandatum, testamentum o chirographum76.
Teniendo en cuenta todas estas definiciones, se entiende que el documento diplomático estricto es, según la definición proporcionada por Sickel en su Acta regum et imperatorum Karolinorum, «cualquier testimonio escrito sobre un hecho de naturaleza jurídica, en el que concurren determinadas y especiales formalidades (variables según las circunstancias de persona, lugar, tiempo y materia), dándole valor de prueba»; lo que significa que los documentos diplomáticos son, por tanto, únicamente los documentos jurídicos y notariales; mientras que el documento archivístico sería tan solo aquella «entidad de carácter único, producida o recibida en la iniciación, desarrollo o finalización de una actividad, cuyo contenido, estructurado y contextualizado, se presenta como evidencia y soporte de las acciones, decisiones y funciones de las personas físicas y jurídicas»77.
Se observa, por tanto, que el concepto de documento archivístico es más amplio, ya que incluye no sólo al documento diplomático, sino también otros que no tienen por qué incluir derechos y obligaciones. Entonces, una vez apreciada la relación entre Ciencias y Técnicas Historiográficas y Archivística en cuanto al documento se refiere, y habiendo determinado que la Archivística abarca un espectro más amplio de documentación, como consecuencia de tratar no sólo documentos jurídicos y notariales, sino todos aquellos producidos por organismos o particulares en el transcurso de sus actividades, en el siguiente punto se tratará de dicha relación, a través de un estudio comparado de la historia de estas disciplinas.
Valoración Final
A lo largo del recorrido por la historia de las distintas ciencias que se estudian en este trabajo se observan varios momentos de especial relevancia para el desarrollo de las mismas como tales, y que por lo tanto merece la pena analizar desde una perspectiva multidisciplinar.
Comenzando por la Edad Moderna, un primer punto de inflexión en el desarrollo conjunto de la Archivística y las Ciencias y Técnicas Historiográficas se produce en el siglo XVI, durante las llamadas «guerras de documentos»78. Se trata de una época de rivalidad entre los distintos componentes de la sociedad, que se manifestaba en distintos pleitos, a través de los cuales los contendientes pretendían atacar o justificar los derechos, posesiones, etc., que unos u otros pudieran tener. Este hecho supuso el recurso a las fuentes por las partes beligerantes, por un lado, lo cual, como ya se ha podido apreciar, repercutió en gran medida en el desarrollo de la Diplomática; mientras que, por otro, propició una concepción del archivo como elemento de vital importancia para la conservación de documentación que podía ser empleada como arma jurídica en estos pleitos79, lo que resultó de especial relevancia también para el progreso de la Archivística.
Entonces, puesto que el documento ofrecía la posibilidad de ser presentado ante los distintos tribunales de justicia como prueba80, surgió también la necesidad de establecer una serie de pautas que garantizaran su autenticidad. En este sentido, encontramos un segundo momento de desarrollo conjunto entre las distintas disciplinas que se están tratando, en la lucha entre el monje jesuita Daniel von Papenbroeck y el benedictino Mabillon, que llevó a este último a publicar su obra De re diplomática, trascendental tanto para la Paleografía, al ofrecer pautas para el estudio de escrituras de épocas diversas, como para la Diplomática, al contener nociones para el estudio de los caracteres internos y externos de una gran cantidad de documentación; así como para la Archivística, al tratarse de un estudio destinado a juzgar la autenticidad de la documentación conservada en archivos81.
Dentro ya de lo que se ha venido denominando como el «periodo de desarrollo archivístico»82, se aprecia un nuevo momento de evolución de todas estas disciplinas en el siglo XIX, con la creación de distintas escuelas de formación tanto diplomática, como paleográfica y archivística, como la Escuela de Chartres y el Instituto para el estudio de la Historia Austriaca. Evolución que se dio también durante el periodo de nacimiento de los nacionalismos, a raíz de las ideas emanadas del Romanticismo; nacionalismos que propiciaron la creación de sociedades para el estudio de las distintas historias regionales, que en muchas ocasiones decidieron publicar colecciones documentales, como es el caso de los Monumenta Germaniae Historica, en la que participaron profesionales de todas las disciplinas que aquí se analizan.
Durante este periodo se publicaron además obras de vital importancia para la Archivística como el Manual para la clasificación y descripción de los archivos, de los holandeses Muller, Feith y Fruin, y más adelante Modern Archives de T. R. Schellenberg. En este sentido, la relación histórica de las Ciencias y Técnicas Historiográficas vendría determinada por la necesidad de adquisición de conocimientos, fundamentalmente diplomáticos, con los que poder elaborar una descripción adecuada, ya que para ello es necesario saber distinguir los formularios, cláusulas y datos informativos esenciales de cada serie documental, que son delimitados claramente tras determinar las tipologías83.
Bibliografía
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- VV. AA., Las Siete Partidas de Alfonso X el Sabio, edición digital.
Footnotes
-
MUÑOZ Y RIBERO, Jesús, Manual de Paleografía y Diplomática española de los siglos XII al XVII, Madrid, Librería de la Sra. Viuda de Hernando y Compañía, 1889, pp. 5 y 6. ↩
-
Por cuestiones obvias, ya que, si no somos capaces de distinguir los elementos escriturarios de un documento, difícilmente podremos estudiar, como lo hace la Diplomática, los caracteres externos e internos del mismo. ↩
-
Que incluía su lectura, transcripción y datación, así como la identificación y clasificación de las escrituras de que se componían. ↩
-
Pese a la aparición de obras de carácter puramente paleográfico, como la ya mencionada obra de Bernardo de Montfaucon, y a la aportación a esta disciplina que hicieron eruditos como Scipione Maffei (1675 – 1755), el cual se considera el primer autor en definir a la Paleografía como «Historia de la Escritura», en su Istoria Diplomática, publicada en Mantua en 1727, en la que además destacó los escasos cambios a los que sometió la escritura romana, al ser empleada por los distintos pueblos bárbaros que ocuparon los dominios de Roma, tras la caída del Imperio. Véase: GARCÍA TATO, Isidro, «Paleografía y Diplomática: génesis, evolución y tendencias actuales», en: Cuadernos de estudios gallegos, LVI, Nº 122, enero-diciembre (2009), Instituto de Estudios Gallegos «Padre Sarmiento» del CSIC, p. 415. ↩
-
De la que se tratará con mayor profundidad más adelante. ↩
-
Creada en el año 1819 por Heinrich Friedrich Karl Reichsfreiherr vom und zum Stein (1757 – 1831), político reformador prusiano, dio origen a un proyecto de recolección de fuentes para el estudio de la historia de los pueblos germánicos (desde el año 500 al año 1500; fechas absolutas simplificadas que hacen referencia a la desaparición del dominio imperial romano y a la aparición de la imprenta, siendo excluidas las cruzadas y la historia puramente eclesiástica), conocida con el nombre de Monumenta Germaniae Historica, en la que se ofrecen distintas pautas e instrumentos para el estudio de los textos de que se compone, lo que resultó también de suma importancia para el desarrollo diplomático y paleográfico (y también archivístico, al tratar de reunir en un solo proyecto fuentes que se encontraban dispersas en diferentes archivos). ↩
-
Como se ha podido apreciar en el caso de los Monumenta Germaniae Historica. ↩
-
CASTILLO GÓMEZ, Antonio, SÁEZ SÁNCHEZ, Carlos, «Paleografía e Historia de la Cultura escrita», en: RIESCO TERRERO, Ángel (ed.), Introducción a la Paleografía y Diplomática general, Madrid, Síntesis, 1999, pp. 21 – 31. ↩
-
Sin olvidar a Guillermo Wattembach, cuyas obras, Das Schriftwesen in Mittelalter (1869) y su manual de Paleografía Latina, Angleitung zur lateinischen Paläographie (1862), también contribuyeron enormemente al desarrollo de esta ciencia. Véase: MARÍN MARTÍNEZ, Tomás, Paleografía y Diplomática, volumen 1, Universidad Nacional de Educación a Distancia, Madrid, 1991, p. 49. ↩
-
CASTILLO GÓMEZ, Antonio, SÁEZ SÁNCHEZ, Carlos, Opus cit., pp. 23 – 24. ↩
-
Entre las que destaca L’Ecriture Latine (1939), escrita por Marichal, Perrat y Mallon. MARÍN MARTÍNEZ, Tomás, Opus cit., p. 50. ↩
-
Es decir, qué está escrito, cómo, cuándo, dónde, quién lo escribió y por qué. ↩
-
El primero en matizar los conceptos de Mallon para concluir en el hecho de que la Paleografía constituye una ciencia autónoma. Véase: CASTILLO GÓMEZ, Antonio, SÁEZ SÁNCHEZ, Carlos, Opus cit., p. 24. ↩
-
Cuestión que se abarcará más adelante, con motivo de realizar una definición del concepto de documento y tratar de discernir las diferencias y similitudes entre «documento diplomático» y «documento de archivo». ↩
-
MARÍN MARTÍNEZ, Tomás, Paleografía y Diplomática, volumen 2, Universidad Nacional de Educación a Distancia, Madrid, 1991, p. 144. ↩
-
En la que Orosio cita haber empleado como fuentes a Platón, Polibio e incluso a Homero; pese a que la presencia de estas citas no parece corresponder con el hecho de que hubiera leído a dichos autores. ↩
-
En la que se empleó como referencia la obra anónima con el nombre de Origo gentis Langobardorum. ↩
-
Como demuestra el caso de Paulo Orosio. ↩
-
En su decretal Quam gravis de Crimin. falsi, en la que se aconseja estudiar el tratamiento de los documentos, el estilo, el sello y el hilo y la carta, como se puede apreciar en la fórmula empleada por el Pontífice: «sic litteras apostòlicas studeas diligentius intueri, tam in bulla, filo et carta quam stilo; quod veras pro falsis, vel falsas pro veris, aliquo modo non admittas». ALONSO, José, Colección de las alegaciones fiscales del Excelentísimo Señor Conde de Campomanes, Madrid, Imprenta de Repullés, 1841, p. 6. ↩
-
En España, por ejemplo, destaca en este sentido la figura de Alfonso X el Sabio (1252-1284), quien mandó redactar el Libro de las Leyes (sobre esto, hay varias teorías; no obstante, ésta, defendida por autores como Antonio Solalinde en su Intervención de Alfonso X en la redacción de sus obras, es la más aceptada), más conocido con el nombre de las Siete Partidas, el día 23 de junio de 1254, en la víspera de San Juan Bautista, siendo completadas en el año 1261, en las que se establecen una serie de pautas por las que deben ser expedidos los distintos documentos, para poder con ello evitar la falsificación, reconociéndose por tanto distintos tipos de documentos originales, que según la legislación alfonsí son los siguientes: 1) Originales Autografiados (Cfr. [P]artida 3, [T]ítulo 18, [L]ey 11); 2) Originales Heterógrafos (Cfr. P. 4-15-7); 3) Originales Múltiples: a) Documentos partidos por ABC (Cfr. P. 1-18.16), b) Copias de testamentos (P. 6-1-12) y c) la Renovación (Cfr. P. 3-20-12); 4) Copias Cancillerescas bajo sello (Cfr. P. 3-18-44), y 5) Copias Extra-cancillerescas: a) Copias realizadas bajo sello (Cfr. P. 3-18-94) y b) Copias simples (Cfr. P. 3-18-44). ↩
-
MARÍN MARTÍNEZ, Tomás, Opus cit., p. 150. ↩
-
Aunque al principio continuaron siendo más apreciadas las obras escritas a mano, como refleja el hecho de que las primeras ediciones de obras impresas intentaran imitar de manera fiel la escritura propia de los amanuenses, hasta tal punto de que tipógrafos como Juan Fust pretendieran vender obras impresas como manuscritas (por lo cual dicho tipógrafo fue encarcelado). ↩
-
En Castilla, por ejemplo, esto se llevó a cabo a través de distintos medios, entre los que destacan principalmente los procesos inquisitoriales y una pragmática sanción dada por los Reyes Católicos en el año 1502, en Toledo, por la cual se creaban distintas licencias de control de publicación que quedaron en manos de los arzobispos de Granada, Toledo y Sevilla, y obispos de Burgos y Salamanca, pudiendo ser objeto de quema y de sanción pecuniaria toda obra considerada indecente. ↩
-
Este hecho se observa en diversos casos, como la prohibición del Papa Alejandro VI de imprimir libros sin licencia; la insistencia de León X, en el Concilio de Letrán de 1515, en la necesidad de mecanismos de control de la imprenta; la expedición, por parte de este mismo Papa, en el año 1524, de la Bula Domini, con el objetivo de hacer frente a libros luteranos, o la confección también de Índices de obras prohibidas como el Index Librorum Prohibitorum (Roma, 1564), del Papa Paulo V. ↩
-
Entre los que destaca la figura del historiador istrio Matija Vladic, también conocido como Flavicus Illyricus, quien fue el primer interesado en demostrar la continuidad entre la iglesia antigua y el luteranismo. ↩
-
Encargados por el papa Pío IV, al observar que la obra de los centuriadores negaba la legitimidad de la tradición católica, al señalar a la iglesia de Roma como la culpable de la degeneración de los evangelios que nos hablan de los orígenes de dicha tradición. ↩
-
Expresión acuñada por Ludwig Traube. ↩
-
MABILLON, Jean, De Re diplomatica libri VI, París, Luteciae-Parisiorum, 1709, pp. 1 – 53. ↩
-
Ibídem, pp. 54 – 216. ↩
-
MABILLON, Jean, Opus cit., pp. 217 – 242. ↩
-
Ibíd., pp. 243 – 342. ↩
-
Con todo el esfuerzo que ello debió suponer. Ibíd., pp. 343 – 460. ↩
-
Ibídem, pp. 461 – 622. ↩
-
MARÍN MARTÍNEZ, Tomás, Opus cit., pp. 151 – 152. ↩
-
En la que estudió Theodor von Sickel. ↩
-
Cuya sección de «Diplomas» estuvo dirigida por Sickel. ↩
-
Historiador del Derecho alemán que también realizó destacados aportes a la Diplomática, a través de sus estudios sobre el documento privado en la Edad Media, que le llevaron a realizar la distinción, hoy en día aceptada, entre carta y notitia, en un escrito que publicó en el año 1927, con el nombre precisamente de Charta und Notitia. ↩
-
Autor de diversas monografías sobre diplomas reales (I diplomi dei re d’Italia. Ricerche storico-diplomatiche, publicado en Roma en el año 1905) o el documento longobardo (Codice diplomatico longobardo, Roma, 1929), entre otros. ↩
-
Director del Institut für österreichische Geschichtsforschung (otra destacada escuela nacional, surgida en el año 1854), entre los años 1962 y 1983. ↩
-
MARÍN MARTÍNEZ, Tomás, Opus cit., p. 153. ↩
-
Como Lodolini, quien considera a esta obra como la «Biblia de los Archiveros». Véase: LODOLINI, Elio, Archivística. Principios y Problemas, Madrid, ANABAD, 1993, p. 187. ↩
-
FUSTER RUIZ, Francisco, «Los inicios de la archivística española y europea», Revista General de Información y Documentación, Vol. 6-1 (1996), Madrid, Servicio Publicaciones UCM, p. 74. ↩
-
CRUZ MUNDET, José Ramón, Archivística. Gestión de documentos y administración de archivos, Madrid, Alianza Editorial, 2012, p. 18. ↩
-
Ibídem, p. 22. ↩
-
BAUTIER, Robert-Henri, «Les Archives», en: SARAMAN, Charles (dir.), L’Histoire et ses méthodes, París, Gallimard, 1961. ↩
-
CRUZ MUNDET, José Ramón, Opus cit., p. 22. ↩
-
Como demuestra el hecho de que la mayoría de las tablillas de barro encontradas tuvieran un contenido fundamentalmente de gestión. ↩
-
CRUZ MUNDET, José Ramón, Opus cit., pp. 22 y 23. ↩
-
Oficiales religiosos a los que hace referencia Aristóteles en su Política. ↩
-
Cuya traducción al español vendría siendo «el que está situado por encima», lo que da a entender el hecho de que, en la Antigüedad Clásica, al igual que ocurría en Asia Menor y Egipto, la función de custodia de los archivos también estaba vinculada estrechamente al gobierno de la ciudad, probablemente debido a esa idea de control del poder a través de los documentos que se viene mencionando. ↩
-
Magistrados en ambos casos, lo que viene a reforzar la teoría anterior. ↩
-
Ibídem, pp. 24 – 25. ↩
-
BAUTIER, Robert-Henri, Opus cit. ↩
-
CRUZ MUNDET, José Ramón, Opus cit., p. 25. ↩
-
Ibídem, p. 26. ↩
-
Que son aquellos volúmenes que recogen los documentos expedidos por las distintas cancillerías a medida que éstos han sido expedidos o sellados, a través del acto de la registratio, que consiste en la transcripción de dichos documentos, ya sea íntegramente o sólo en parte. ↩
-
Colección de copias de documentos realizada (con posterioridad a su expedición) por una institución o entidad particular para su posterior utilización, debido al valor probatorio que puedan tener dichos documentos ante un tribunal, para la defensa de títulos, privilegios, posesiones, etc. ↩
-
Y, en consecuencia, a la aparición de diversas figuras encargadas de su administración, como el Keeper of the Rolls of Chancery, en la Inglaterra del siglo XIII, o el tinent les claus del nostre archiu, del Archivo Real de Barcelona, en el año 1318, y también al surgimiento de inventarios y reglamentos, como los que se dieron en el reino de Nápoles, bajo la dinastía de los Anjou, en el año 1284. Véase: CRUZ MUNDET, José Ramón, Opus cit., p. 28. ↩
-
BAUTIER, Robert-Henri, Opus cit. ↩
-
CRUZ MUNDET, José Ramón, Opus cit., p. 32. ↩
-
CRUZ MUNDET, José Ramón, Opus cit., p. 33. ↩
-
Obra en la que realizó una propuesta de clasificación de documentos en tres escalas: dominio territorial, asuntos internos y relaciones exteriores, distinguiendo además dos categorías dentro de las mismas: la «regalía» (documentación referida a asuntos generales) y la «personalía» (intereses de entidades o personas). Influyó en la realización del Reglamento de Simancas. Ibídem, p. 35. ↩
-
Manual dedicado a la organización y la descripción de fondos en torno a tres agrupaciones documentales: corpus, classes y seriem. Ibíd. ↩
-
BAUTIER, Robert-Henri, Opus cit. ↩
-
Aunque el acceso a dichos archivos quedaba aún limitado a investigadores. ↩
-
Como puede observarse en el caso del Archivo Histórico Nacional, construido con motivo de albergar la documentación procedente de la desamortización eclesiástica llevada a cabo por Mendizábal entre los años 1836 y 1837. ↩
-
CRUZ MUNDET, José Ramón, Opus cit., p. 42. ↩
-
Ibídem, p. 43. ↩
-
CRUZ MUNDET, José Ramón, Opus cit., p. 45. ↩
-
Ibídem, pp. 45 – 46. ↩
-
CRUZ MUNDET, José Ramón, Opus cit., pp. 47 – 48. ↩
-
Y probatorio. ↩
-
NÚÑEZ CONTRERAS, Luis, «Concepto de documento», en Archivística. Estudios básicos, Sevilla, Diputación Provincial de Sevilla, 1981, p. 32. ↩
-
MARÍN MARTÍNEZ, Tomás, Opus cit., p. 163. ↩
-
Ibídem, p. 161. ↩
-
Ibídem, p. 162. ↩
-
CRUZ MUNDET, José Ramón, Diccionario de Archivística, Madrid, Alianza editorial, 2011, p. 146. ↩
-
O bella diplomatica, como se ha podido apreciar en puntos anteriores. ↩
-
CRUZ MUNDET, José Ramón, Opus cit., p. 34. ↩
-
Ya desde la Alta Edad Media, a raíz de la recuperación del Derecho romano, como también se ha visto. ↩
-
En este caso, en el archivo de la abadía de Saint Denis. ↩
-
En consideración a los postulados de la obra de José Ramón Cruz Mundet que se viene empleando para el desarrollo de este trabajo, con el nombre de Archivística. Gestión de documentos y administración de archivos. ↩
-
HEREDIA HERRERA, Antonia, Archivística General. Teoría y práctica, Sevilla, Diputación Provincial de Sevilla, 1986, p. 67. ↩